Arquitectura desde un pabellón

Paola Santoscoy

Libro vol. 2, “Arquitectura Expuesta”

Arquitectura desde un pabellón

Paola Santoscoy

 

Un museo trabaja desde muchos frentes para ser un escaparate de manifestaciones artísticas y estéticas que informen la manera en que entendemos y significamos nuestro tiempo. El concurso del Pabellón Eco surgió en 2010 con la intención de ofrecer, desde el museo, una plataforma para el trabajo de arquitectos mexicanos jóvenes o de media carrera mediante la invitación a crear un espacio temporal en el patio del Museo Experimental el Eco, que durante poco más de dos meses funcione como escenario para una programación multidisciplinaria. Inspirado en pabellones como el de la Serpentine Gallery de Londres o el del PS1 del Museo de Arte Moderno de Nueva York, este concurso tiene la particularidad de intervenir la arquitectura emocional de Mathias Goeritz y de ser una extensión de la misión del museo en cuanto a pensar lo experimental.

A la fecha, se han realizado siete ediciones del concurso, se han presentado un total de cuarenta proyectos y se han construido seis pabellones. Las actividades organizadas dentro de tales espacios son difíciles de cuantificar, pues en ocasiones no sólo se trata de aquello que el museo programa, sino de abrir la puerta al público para pensar en sus usos. Lo que sí podemos decir es que en los pabellones ha ocurrido de todo: charlas, conciertos, comidas, lecturas, presentaciones de publicaciones, danza, proyecciones de cine, maratones de baile, dibujos colectivos, puestas en escena, asados y una que otra acción espontánea.

Para hablar de la historia del Pabellón Eco, reconstruí una conversación que sostuve con Jorge Munguía en donde respondemos a algunas de las preguntas planteadas por los editores de esta publicación, tratando estos cuestionamientos como un guión para pensar el pabellón en el pasado, en el presente y en el futuro.

 

Origen

Mathias Goeritz es una figura que a lo largo de su carrera exploró el cruce entre arte y arquitectura con bastante flexibilidad y audacia. Lo interdisciplinario siempre estuvo en el centro de su práctica y también del proyecto que concibió en 1953 como el Museo Experimental el Eco que, en palabras de Daniel Mont, empresario y socio del proyecto, se trataba en un primer momento de algo que sería un «restaurante/bar/ galería». Lo que juntos lograron fue inaugurar un proyecto único y visionario en su época: un espacio de proyectos dedicado al arte de aquel momento, poniendo lo experimental en el centro de la discusión.

Todavía hoy seguimos refiriéndonos al Manifiesto de la arquitectura emocional, donde Goeritz describe cómo el museo apunta, tanto desde su espacio como con sus «experimentos» o su programa, a «una integración plástica para causar en el hombre moderno una máxima emoción».

El patio, remarca Goeritz, es una pérdida de espacio desde el punto de vista funcional, pero cumple con la misión de ser el lugar donde culmina la emoción del visitante y pretende que aquello que se exponga en el museo se piense desde la comprensión del espacio.

Desde la perspectiva de un concurso como el del Pabellón Eco, se vuelve interesante pensar no sólo en cómo traducimos o interpretamos el legado de Goeritz hoy, sino también cómo abrimos las puertas a nuevos manifiestos. ¿Podemos hacer recurrentes estos espacios de propuesta apuntando al legado del futuro? Proponer un concurso de arquitectura no fue parte de una discusión que sólo se refiriera a la arquitectura y sus posibilidades, sino que es parte de una conversación más amplia que incluyó reflexiones sobre el mismo museo. Cuando en 2009 comenzó la planeación del Pabellón con el entonces director Tobias Ostrander, se analizó si un espacio de este tipo podría, además de ser una plataforma para avanzar la experimentación y reflexión desde la arquitectura, servir de escenario para un programa variado desde la óptica de la interdisciplinariedad celebrada por Goeritz, y ser así una herramienta para reunir diferentes voces y públicos.

Así toma forma este proyecto que, como parte de la reflexión sobre el museo, rebasa el concurso y se extiende hacia la reflexión sobre los usos de la escultura habitable de Goeritz, de modo que todo lo que ocurre alrededor del Pabellón Eco lanza preguntas que muchas veces se responden en otros lugares de nuestra producción. De igual forma, responder a una arquitectura determinada de forma bastante veloz en términos de programación es un reto curatorial que hemos decidido asumir, y que nos permite jugar conceptualmente a estirar las posibilidades de tal o cual proyecto.

 

Lo experimental

Trabajar con y en un espacio que en su nombre enarbola la bandera de lo experimental exige colocarse en un lugar de vulnerabilidad, un lugar poroso en cuanto a las definiciones de lo experimental. El Pabellón Eco, al igual que el resto de la programación del museo, es parte de una metodología de trabajo basada en la especulación y la flexibilidad (tropical). El Eco tiene la particularidad de ser un museo sin colección, cuya tarea de conservación se centra en el legado de Mathias Goeritz y Daniel Mont, en el edificio mismo. Sin embargo, los intereses actuales de su programación van más allá.

A diferencia de las exposiciones, el Pabellón Eco tiene bases que más que contener esperamos sirvan de provocación. Apuntan a que la intervención, aparte de ser una propuesta espacial en sí misma, sirva de plataforma para una serie de programas desde otras disciplinas que reaccionan al espacio y no sólo suceden en él. En el caso particular del Eco, podemos pensar en el edificio mismo como la colección o acervo del museo que aún ofrece oportunidades y lecturas por explorar. En este sentido, las exposiciones pueden tener una mayor libertad, porque pueden asumir una postura más abstracta con el legado del modernismo y la arquitectura emocional, mientras que el Pabellón no puede pasarlo por alto, es parte importante de éste y convive con el espacio de manera concreta.

Otro punto importante a destacar del Pabellón es que siempre se ha pensado, no como una muestra aislada, sino como plataforma para otras expresiones, como son teatro y música. De esta manera, se distingue de las exposiciones por estar sujeto a una relación con otras disciplinas. Más que limitaciones, se vuelven oportunidades. Resulta asimismo interesante cómo el programa curatorial ha tenido que convivir con los distintos pabellones. Por un lado, es siempre una sorpresa lo que va a estar ocurriendo en el patio a la par de una exposición y, por otro, cada vez más los artistas invitados a realizar un proyecto para el museo proponen situaciones de ocupación en el patio que bien podrían ser pabellones, de tal modo que la línea entre los proyectos de arte y los de arquitectura es cada vez más delgada. Esto es algo que nos hace considerar constantemente la nomenclatura de trabajo dentro del contexto del museo.

 

En la práctica

Cada año, las propuestas rebasan las expectativas o ideas preconcebidas que tenemos desde el museo. Independientemente de si son prácticas construibles o están dentro del presupuesto asignado al Eco, las discusiones de los medios, el jurado y el público se tornan interesantes cuando abordan los rompimientos y el riesgo como posibilidad. En la historia de los pabellones -construidos o no— hay ideas valiosas, así como en los procesos para exigirlos y los eventos que les dan vida.

El primer pabellón de Frida Escobedo marcó un gran inicio al proponer una topografía editable conforme a las actividades, pero también como soporte directo de éstas. Estudio MMX, en cambio, resolvió un gran tema que es tener sombra en el patio mediante un «techo» colgante de cuerdas de henequén que proyectaba e intervenía el espacio con un juego de luz y sombra. El proyecto de Luis Aldrete sorprendía a los visitantes al reproducir la fachada del museo desde el interior, creando un espacio virtual circular hecho por medio de espejos, que rompía con los ángulos del diseño de Goeritz. En el caso del Estudio Macias Peredo, la propuesta de elevar el piso del patio hasta tocar el muro blanco funcionó de maravilla como un foro abierto, además de llevarnos a pensar en la relación entre el museo y la calle. Taller Capital dio un paso más adelante en vincular el pabellón con la infraestructura de la ciudad, así como en colocar al museo como gestor de una maniobra compleja al colocar un anillo del drenaje profundo de la Ciudad de México en el centro del patio.

Y, finalmente, el Parque Experimental el Eco de APRDELESP propuso un cambio de lógica que fue más por la apropiación y no por la intervención formal, dejando la programación en manos del público y no del museo.

Cada intervención ha logrado tensiones y relaciones muy distintas con el espacio, y sus argumentos más fuertes se diferencian entre sí desde el punto de partida. Poco a poco, la historia de los pabellones da forma a una conversación en múltiples planos. Cada proyecto habla. también de la manera de cada arquitecto/a o estudio de arquitectos de concebir su práctica.

 

Meditaciones

Inaugurar un proyecto para la experimentación y reflexión del espacio, desde la arquitectura u otras disciplinas, como el arte mismo, exige borrar definiciones y jugar con la posibilidad de que el mismo comportamiento, exploración y desplazamiento humano en el espacio pueda ser distinto a nuestra experiencia.

El Pabellón, o cualquier manifestación espacial en este caso, pensada para otros y para el diálogo, es algo dinámico que se muestra distinto con el tiempo y quienes lo habitan. ¿Qué informa un espacio de esta naturaleza? ¿Cómo podemos provocar una conversación más amplia? El concurso mismo debe ser una postura activa que reaccione a condiciones y oportunidades del museo, a cómo cambia nuestra idea de la disciplina, cómo interactúa con otras disciplinas y qué busca promover o resaltar.

Algunas de las preguntas recurrentes y más rescatables que se han dado en las mesas de jurado son: ¿podría / debería ser un siguiente paso salirse del museo, del espacio físico del patio?, o bien ¿intervenir el edificio también en otros espacios? Otra de las cosas que ha ocurrido a lo largo de estos años es que ha habido otros proyectos de artistas en el patio que bien podrían considerarse pabellones o artistas participando con algunos arquitectos en el desarrollo de proyectos. Al ser un espacio interdisciplinario, ¿no tendría sentido convocar también a artistas o, inclusive, a otras disciplinas? O mejor, tomando en cuenta que hay pocos concursos o espacios dedicados a la experimentación en el país, ¿mantener éste estrictamente para arquitectos?

¿Qué arquitectura podría construirse desde las prácticas que apunten hacia lo comunitario, a espacios de diálogo e intercambio?

 

El futuro

Al menos en lo inmediato, el futuro es editorial. En 2016 se tomó la decisión de hacer una pausa del concurso después de siete ediciones. Una pausa de un año para abrir un tiempo de reflexión pública sobre el porvenir de este proyecto. Una pausa que en realidad no es tal pues el objetivo es llevar a cabo una serie de pequeñas publicaciones que ahonden en los temas que cada pabellón ha tocado, a la par de charlas que formen un espacio de diálogo. Todo esto con miras a una convocatoria reformulada en 2018.

Pasar del espacio al papel también presenta retos y oportunidades para explorar otras dimensiones de la arquitectura. Otros territorios. Y, ¿Cuántos otros territorios hay para la exploración? ¿Qué deberían incluir para ser acciones espaciales y no una referencia a una práctica espacial que sucede en otro lugar?