Presentar, representar

Florencia Rodriguez

Libro vol. 2, “Arquitectura Expuesta”

Presentar, representar

Florencia Rodriguez

 

La cultura se refiere tanto a la invención como a la preservación, a la discontinuidad como a la continuidad, a la novedad como a la tradición, a la rutina como a la ruptura de modelos, al seguimiento de las normas como a su superación, a lo único como a lo corriente, al cambio como a la monotonía de la reproducción, a lo inesperado como a lo predecible. La ambivalencia nuclear del concepto de cultura refleja la ambivalencia de la idea de orden construido, la piedra angular de la existencia moderna.

Zygmunt Bauman

 

Es casi imposible enumerar todas las bienales y muestras de arquitectura que han surgido en la última década en todas partes del globo. Lo mismo pasa con las publicaciones impresas o digitales relacionadas con arquitectura y tantas otras formas contemporáneas de ensayo de ideas e interpretaciones en torno al ejercicio de la disciplina, así como con la cantidad de voces y opiniones que se generan en las redes sociales.

Esto nos enfrenta a la pregunta sobre la crítica arquitectónica contemporánea, su pertinencia, sus modos, su relevancia y sus posibles sentidos. En esta constelación actual de fenómenos comunicativos se multiplicaron sin duda los espacios o canales de acción, pero son pocas las experiencias que en el tiempo logran tener un impacto concreto y expansivo, que empujan bordes, que dan lugar a algún tipo de contribución disciplinaria.

Las exposiciones o instalaciones efímeras parecen ser un medio ideal para los modos de comunicación que hoy nos definen como arquitectos. Abren posibilidades de presentar narrativas curatoriales, de desafiar los puntos de vista, de poner el pensamiento en acción mientras se propone una experiencia pública.

Si pensamos esto frente a un panorama histórico más amplio, entenderemos que el siglo XX fue el periodo de tiempo que dio lugar a la formalización de una cultura arquitectónica e incluso a la invención de la teoría de arquitectura como tal. Durante la consolidación de ese contexto, las exposiciones se convirtieron en dispositivos de ensayo de ideas, de enunciación de tesis teóricas y de reunión de los actores que estaban promoviendo diferentes maneras de hacer o de pensar. Se podrían entender como precedentes paradigmáticos de estas cuestiones los casos de las exposiciones universales modernas, a partir de las que se posicionaron temas o asuntos culturales diversos. Pensemos que los pabellones que se presentaban significaron muchas veces una excusa para debates en periódicos que alcanzaron a un público más amplio. Basta con recordar el Palacio de Cristal o la Torre Eiffel y el impacto que tuvieron en sus contextos específicos para luego convertirse en signos de cambio.

Seguramente también podríamos señalar un hito del valor específico disciplinario de estas cuestiones con la apertura del MoMA de Nueva York en 1930 y el sentido historiográfico que cobraron algunas exhibiciones allí presentadas. La del estilo internacional, Modern Architecture: International Exhibition, curada por Philip Johnson y Henry-Russell Hitchcock e inaugurada en 1932, fue sin duda fundacionaten términos de la constitución de discursos a partir de una experiencia expositiva. Le seguirian otras como Brazil Builds (1943) o Latin Ameriçan Architecture since 1945 (1955), que llegaron a ser utilizadas como herramientas de politicas de Estado. Incluso el último «ismo» del siglo -el deconstructivismo- tuvo alli su esplendor, proclamación y derrumbe (Deconstructivist Architecture, 1988).

Estas experiencias no van necesariamente acompañadas de un consenso generalizado, pero podríamos afirmar que reunir producciones y personas, poner títulos y presentarlos al público, da algo de qué hablar. Y eso no es poca cosa: sino una oportunidad colectiva de pensamiento crítico.

Por otro lado, entendemos que la posmodernidad se caracteriza por cuestiones como la evidente des-diferenciación de esferas culturales, la muerte del sujeto o el fin del individualismo moderno, la moda de la nostalgia, la lógica del pastiche y la proliferación del discurso teórico tal como ha sido elaborado por pensadores como Fredric Jameson o Perry Anderson entre otros. La salida del arte de los museos hacia las ciudades, el land art, o la aparición de la pantalla como posibilidad de espacio de las prácticas artísticas, son síntomas culturales de un sentido del mundo mucho más complejo, difícil de reducir y cuya representación deja espacios para aquello irrepresentable o no sintetizable.

En las últimas décadas, todo esto favoreció la aparición de espacios menos institucionales que fueron recibidos con mucho ímpetu porque parecían abrir posibilidades de ruptura, o al menos de corrimiento y atomización de la vieja idea obsoleta de un gran relato universalista. Algunos de estos lograron tal aceptación que hoy son referencias del mainstream, como el Storefront for Art and Architecture de Nueva York. Muchos de estos experimentos funcionaron en un principio como modelos de presentación de particularidades, coincidencias y diferencias, de representación de aquello que no tenía intencionalidad jerárquica sino participativa, de agitación y provocación.

LIGA, como espacio ad hoc al que no le importa depender de las cualidades físicas de un lugar como pulsión para las acciones que genera, comparte esa genealogía. Es parte activa de ese paisaje, es generador de territorio porque crea acciones expansivas, vínculos, articulaciones.

Este tipo de interferencia activa en el tejido disciplinario, de representación, traducción y mediatización por medio de exhibiciones/instalaciones, conversaciones y publicaciones, son imprescindibles para la generación de las revoluciones discretas de las ideas que van empujando a cada colectivo. De esa misma manera, inventar conceptos, darles forma, construirlos y constituirlos en esos grupos, son de los modos de práctica de la teoría y la crítica más naturales de nuestro tiempo.

Estas prácticas, estos discursos, no pretenden el valor de la unidad, no son completos, no son cerrados. Son activos, orgánicos, refutables, variables y desfachatados; pueden ser más o menos espontáneos, más o menos auténticos —si aún nos importase-. En ese paisaje inestable, existe una de las formas más interesantes de buscar sentidos y significados para la arquitectura contemporánea.