Ultramarinos

Daniel Fernández Pascual

Libro vol. 2, “Arquitectura Expuesta”

Ultramarinos

Daniel Fernández Pascual

 

El pirata no puede definirse ya según la región en la que se mueve. En cambio, la región de la piratería podría derivarse de la presencia del pirata. Donde quiera que se encuentre un «enemigo de todos» — en los mares, en el aire o en la tierra—, allí surgirá una zona más allá del límite.

 

Daniel Heller-Roazen,

El enemigo de todos: la piratería y el derecho de las naciones

 

Abrió la puerta con casetones de la salita de té y allí estaba. El sol entrando al atardecer por la ventana victoriana, que intentaba secar el olor rancio a moqueta húmeda, lo iluminó. Puede que fueran las cuatro

de la tarde. Puede que la luz se reflejase en una bandeja de plata. Ese momento cambió la vida y carrera del jardinero que revolucionó la forma en que las especies viajan por el mundo; la forma en que diferentes plantas viven en espacios confinados, climáticamente controlados. Lo que Joseph Paxton descubrió a la luz del atardecer fue una planta. No una planta cualquiera en un lugar cualquiera. Fue su Musa. La Musa de la que se apropiaría más tarde y que generaría una revolución botánica a lo ancho de la Tierra. La que reforzaría la idea de comercio de ultramar.

En el papel pintado de la habitación chinesca de la decadente mansión en Chatsworth, residencia de su señor William Cavendish, sexto duque de Cavendish, la futura Musa Cavendishii estaba ya allí pintada en tonos rojos y, quién sabe, quizá también con los pigmentos verdes-arsénico tan letales que luego produciría William Morris, fundador del movimiento Arts and Crafts.

La epifanía de descubrir una planta de plátano pintada en aquella pared aristocrática del centro de Inglaterra llevó a Paxton a iniciar una revolución en la arquitectura de hierro y cristal. La obsesión por deconstruir espacios donde el sol se intensifica al cruzar una superficie de vidrio, la luz se refracta, y la humedad y temperatura artificialmente controladas generan la ilusión de estar viviendo en un clima tropical, subtropical, árido o semiárido. Paxton desarrolló invernaderos de cristal para cultivar plátanos al norte del paralelo 50; conquistar el mundo con una sola variedad que adoptó el nombre de su lord Cavendish, la Musa Cavendishii: pequeña, «estándar», amarilla, ligeramente curva, que ha hecho desaparecer cientos de variedades minoritarias de bananos en todo el mundo. Es el plátano que encontramos hoy en cada supermercado, desde Buenos Aires hasta Singapur.

Paxton, jardinero y constructor de invernaderos para reproducir especies tropicales rentables para el naciente mercado global colonial, fue ascendido a arquitecto del Imperio británico. Se le encargó imaginar el espacio donde exhibir estructuras de poder. A mediados del siglo XIX consiguió construir una de las salas de exposición más paradigmáticas de la historia: el Palacio de Cristal de Londres (1851). Un lugar acristalado de 564 metros de largo. El detalle arquitectónico modular que inventó para proyectar un espacio lumínicamente infinito transformó la idea de estandarización. La sección del edificio se repite en toda su longitud medio-kilométrica como si fuera un croquis literalmente extruido. Un módulo, que mediante una repetición monótona, ocupa un solar sinfin.

La exposición que tuvo lugar en su interior llevaba implícita, sin embargo, la colonización del espacio a escala global: un imperio en su apogeo estaba decidiendo cómo reinventar paisajes para poder dominarlos. Al exhibir los mecanismos para esta tarea, el Palacio de Cristal de Paxton se convirtió en mero cómplice de la invasión colonial. Más allá de la magia ingenieril de su genialidad espacial, el sistema para cubrir espacio de manera eficiente contribuyó a legitimar el abuso y la violencia contra millones de personas en todo el mundo. Uno de los espacios arquitectónicos más singulares de la historia supuso exhibir arquitectura por partida doble: la de hierro y cristal, y la del Imperio.

Esta obsesión por crear imaginarios espaciales parece estar íntimamente ligada a la economía liberal de la nación. Siete décadas después del Palacio de Cristal, el Reino Unido funda el Empire Marketing Board, un cuerpo de propaganda especial en la década de 1920 para poner la responsabilidad de la economía imperial no en sus dirigentes, sino en los ciudadanos y en su obligación de comprar y consumir productos de las colonias y paisajes de producción ultramarina para contribuir al buen hacer del imperio. Mediante carteles, películas, recetas y demás artilugios visuales, el imperio concibió las llamadas Empire Shops. Por diversas razones, nunca llegaron a abrir.

Así nace en 2016 The Empire Remains Shop,1 una exposición en Londres para reflexionar sobre la construcción del espacio de forma crítica. ¿Qué queda hoy del concepto de ultramar, aquello que viene de lejos, de otras costas, que teóricamente es imposible producir en un aquí? ¿Qué implicaría especular sobre la venta de los restos del Imperio británico hoy en día? Esta plataforma intenta explorar ese vaivén de objetos y relaciones espaciales. No diseña un espacio nuevo. Ocupa un edificio de oficinas semivacío donde el banco Barclays tuvo algún día sus oficinas. Su lobby, con paredes de mármol barato de los años noventa, también refleja luz, como la que le provocó su epifanía a Paxton (aunque no sé si se repetiría hoy si estuviese aquí). La estética del mundo inmobiliario y los letreros fluorescentes de agencias que anuncian propiedades en venta se ha convertido en el referente visual de las calles de alrededor del Londres contemporáneo, Esa es la exhibición de arquitectura que domina la ciudad. Cajas de metacrilato producidas en zonas económicas especiales del sur de China iluminan por la noche los anuncios que contienen la casa (prohibitiva) de tus sueños. Porque al final, el comprador promedio de vivienda en la ciudad no es humano; son compañías offshore con residencia en islas y ciudades piratas.

La idea de exponer arquitectura surge de la ambición de deconstruir la manera en que se construye el espacio. Es como ir hacia atrás en el tiempo, tirando de las barras corrugadas que están en el interior de columnas de hormigón, que te llevan al barco que las trajo de Lagos, después de haber sido fundidas en acero; un mineral que a su vez escapó a los secuestros de los piratas en aguas internacionales más allá de las costas de Kenia y que partió del delta de los mares de Hong Kong, conectados por ferrocarril con una mina tierra adentro del país, donde los hombres que extraen el mineral apenas ven las paredes del túnel que ha estado sometido a intensos procesos geológicos durante milenios. En ese sentido, es crucial resaltar el valor social de agentes independientes que permitan a la sociedad y a los visitantes reflexionar sobre el porqué de las formas de su entorno: cómo ha llegado ese acero a la esquina de tu salón, cómo habitar ese espacio, cuestionar tu poder de decisión como usuario, las relaciones laborales y de derechos humanos que implica tener una barra de acero, invisible, dentro del muro de tu casa.

Arquitectura expuesta es eso: la exposición de relaciones. La exposición de conexiones y desconexiones que hacen la vida de uno un poco más intrigante y que, en ocasiones, dejan ver cosas a través de los materiales que creemos opacos.

  1. The Empire Remains Shop fue un proyecto de Cooking Sections, localizado en 91-93 Baker Street, Londres: www.empireremains.net