
Libro vol. 1, “Hasta los espacios pequeños empiezan pequeños”
La Boîte à Miracle – sobre exponer arquitectura
Moritz Küng
La arquitectura es una disciplina que, además de un complejo conjunto de inputs topográficos, climatológicos, económicos, legales, funcionales y, por supuesto, culturales, integra una serie de outputs igualmente variados: la teoría, los bocetos, la planta, la maqueta, el rendering, la animación 3D, las muestras de soluciones constructivas a tamaño real y, una vez terminada la obra, también la fotografía, la película y la crítica.
Los inputs pueden considerarse como una masa crítica a partir de cuyo análisis, articulación y profundización surge, finalmente, una realidad construida. Los outputs son como un sucedáneo de lo que es la esencia de la arquitectura. Esto es especialmente evidente en las representaciones mediáticas: revistas, catálogos, monografías, páginas web y, por supuesto, exposiciones.
Cabe preguntarse entonces cuál es el sentido de exponer arquitectura. A diferencia de las demás artes autónomas, cuyo objetivo final es llegar al público —salir del taller y ser expuestas en un museo—, la arquitectura heterónoma, sometida a poderes ajenos a ella, constituye y determina el espacio público y es, se quiera o no, parte inevitable de un entramado colectivo, inscrita y anclada en un lugar determinado.
Podría decirse que la arquitectura vive en dos realidades: una existencial y otra mediática. La primera requiere de su presencia física para ser experimentada, comprendida e interpretada; que uno se la encuentre “a la altura de los ojos”, que pueda caminar por ella y a su alrededor. La arquitectura no sólo apela al espíritu —a la genialidad o al valor funcional de un proyecto—, sino también a los sentidos —los materiales, el volumen, las características específicas o efímeras de un lugar—, que recogen de forma directa y simultánea los aspectos físicos, estéticos y táctiles. Por esta razón, su percepción exige, además de tiempo, un cierto compromiso por parte del observador.
En la realidad mediática, donde la arquitectura aparece “transportada”, “multiplicada” y a la vez “democratizada”, estas cuestiones inalienables dejan de serlo. De este modo, la arquitectura se presenta de forma fácil y cómoda, pero también falsa.
La realidad mediática de la arquitectura no es inmediata; está filtrada, interpretada y manipulada. Determinados aspectos de su realidad existencial son acentuados o eliminados, idealizados o banalizados. Pensemos, por ejemplo, en los renders en los que una obra aún en proyecto se muestra tan acabada que parece más real que la realidad misma; o en las fotografías clásicas de arquitectura en las que, tras la finalización de la obra, se eliminan elementos contextuales (la “molesta” casa de al lado), se reordenan (un interior acomodado) o se dramatizan (el edificio al atardecer).
En este punto, la arquitectura abandona sus premisas espaciales y se convierte en imagen, encontrando legitimación en los medios analógicos y digitales. Frente a éstos, la exposición conserva un valor añadido que no debe despreciarse: la dimensión espacial.
No cabe duda de que las exposiciones de arquitectura —cuyo número ha crecido exponencialmente— se basan con demasiada frecuencia exclusivamente en estos sucedáneos y niegan el contexto del espacio expositivo. Esto puede deberse a su carácter efímero, que dificulta o encarece su dimensión constructiva, o al hecho de que los arquitectos suelen preferir los catálogos por su mayor alcance y permanencia.
Tomarse en serio una exposición de arquitectura implica abandonar la producción de dispositivos para representar sucedáneos. Esta lógica puede expresarse mediante una fórmula sencilla:
Exposición de arquitectura =
arquitectura expuesta × arquitectura de exposición
La exposición debe entenderse como una realidad con existencia propia: la producción de un espacio único, aunque temporal, que requiere un planteamiento físico.
Es necesario también distinguir la arquitectura de la escultura —y de su variante, la instalación—, así como de la maqueta y el mock-up. La escultura y la instalación son formas autónomas, libres de condicionantes funcionales. La maqueta y el mock-up, en cambio, permiten una comprensión espacial, aunque como miniatura o fragmento.
Todo indica que la exposición de arquitectura está altamente condicionada. ¿Debemos concluir entonces que es irrealizable?
Desde mi punto de vista, la exposición puede generar valor cuando produce modelos de pensamiento o cuando tematiza el genius loci, es decir, el contexto como masa crítica. Esto es precisamente lo que distingue a LIGA-Espacio para Arquitectura-DF.
Durante dos años, este espacio en Ciudad de México ha presentado el trabajo de diez arquitectos jóvenes de seis países latinoamericanos, cada uno desarrollando una “arquitectura” para apenas 16 m². Lejos del cubo blanco, el espacio —triangular, con fachada acristalada y condiciones muy específicas— ha generado una gran diversidad de propuestas concebidas exclusivamente para él.
Los temas han abarcado desde fenómenos efímeros —luz, reflejos, equilibrio, clima, sonido— hasta abstracciones como modernidad, estructuras urbanas, parque o museo.
En muchas ocasiones, el propio espacio adquiere una dimensión abstracta. Esto recuerda un boceto de Le Corbusier para un centro de arte en Erlenbach (1963): un volumen aparentemente monumental que, por efecto de escala, puede leerse también como una simple caja. La anotación lo nombra La Boîte à Miracle. Esa “caja mágica” se materializa en este espacio en Avenida Insurgentes Sur 348.